Llevamos más de dos años desde que se declaró oficialmente la pandemia en el mundo y por extensión en España.
Desde entonces hemos visto cambios importantes en la sociedad y en nuestro comportamiento. Desde un confinamiento de meses que nunca sospechábamos que nos podía pasar, hacer cola guardando la distancia en todos los establecimientos como panaderías, farmacias, bancos, etc., el teletrabajo en aquellas profesiones que prestan a ello y hasta el uso de la mascarilla en cuanto salimos de casa.
Pero sin duda el que más nos ha afectado, especialmente a los jubilados usuarios de ella, ha sido el de la Seguridad Social. Hemos visto como se cerraban los ambulatorios, como conseguir una cita era misión imposible especialmente si no estaba relacionada con el Covid19, hemos aprendido los términos ‘consulta presencial y telefónica’, hemos dejado a nuestros familiares y amigos solos en su enfermedad, agonía e incluso incineración o inhumación y hemos declinado nuestro impulso de consulta ante cualquier dolor o anomalía en nuestro organismo, olvidando incluso que teníamos especialidades médicas.
Todo esto fue originado por el colapso de los medios sanitarios (materiales y humanos) y por la conveniencia de aislarnos de la posibilidad de contagio.
Esta situación ha sido aprovechada por los distintos gobernantes para ahorrarse buena cantidad de sus presupuestos. No debemos olvidar que la sanidad es uno de los capítulos más importantes de los presupuestos generales del gobierno central y de las autonomías. No han renovado los contratos que crearon para la pandemia con las ayudas que recibieron de los fondos europeos. No han cubierto las bajas por jubilación (algunas adelantadas por temor a la enfermedad), ni han contratado personal para cubrir las numerosas bajas de los sanitarios contagiados y agentes de ansiedad.
En nuestro barrio de Valdebernardo, hemos podido ver en la puerta del ambulatorio al personal de mantenimiento de ese centro, con su ropa habitual, sin bata blanca, tomando la temperatura corporal y dosificando el gel hidroalcohólico a los usuarios.
Pero el problema ha sido generalizado en todo el ámbito nacional. No se ha invertido en test de antígenos, las colas para acceder al centro han sido de horas de espera, no se han aislado convenientemente los accesos a pruebas PCR del resto de usuarios, se ha instaurado la cita telefónica como la habitual olvidando que el aspecto del paciente es un punto más que importante para la evaluación del paciente por el médico de familia.
Más recientemente, el mes de enero desapareció de la agenda de los médicos de cabecera de todo Madrid con la excusa de tener los recursos disponibles para la emergencia anunciada de la variante ómicron, después de una navidades de exceso y celebraciones. De ésta manera todo aquel que pidió cita los últimos días de diciembre, la obtuvo para los primeros días de febrero y el que la pidió en febrero la obtuvo para marzo. Con esto, los gobernantes intentan demostrar que la atención primaria no es realmente necesaria ya que en un mes o te has curado o te has muerto o has tenido que ir al servicio de urgencias del hospital de zona (a veces ya demasiado tarde).
Ahora bien hay que añadir en descargo del personal sanitario que si te personas en el mostrador de atención al público y exiges una cita urgente, te la conceden ese mismo día u otro de los próximos.
Lo importante de todo esto es que debemos también aprender que no podemos permitir que estas irregularidades y disfunciones de los servicios públicos y especialmente la sanidad, se normalicen. Para ello debemos secundar las acciones reivindicativas convocadas por la ciudadanía con el propósito de restaurar todos los servicios que teníamos disponibles antes de esta pesadilla que nos tiene agotados. De echo, los sociólogos y psicólogos lo han denominado “agotamiento pandémico”. Y que no es otra cosa que los efectos en nuestra conducta provocados por el mantenimiento de ansiedad provocada por el miedo al contagio y el exceso de información de la evolución de la enfermedad.

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