martes, 26 de mayo de 2015

Parábola de los aceituneros

Cuentan de un sabio que un día, de paso por la campiña helada de enero de aquellos años cincuenta, de viaje por la oretania andaluza, observó el sufrimiento de la gañaneria, mujeres en su mayoría, al coger las aceitunas incrustadas en el endurecido barro, escarbándolo con sus uñas, rodilla en tierra. Y pensó: inventare una máquina que varee el olivo y recoja las aceitunas antes de que se golpeen contra el suelo.
Alguien debió haberle dicho -no me ayude usted más compadre, que al final me va usted a joder- pero nadie le advirtió, y la inventó.
En vez de entregársela a los aceituneros, se la vendió al señorito que se ahorró los salarios y especuló con los precios embolsándose así todos los beneficios y quedando los jornaleros sin frío pero sin comer.

La administración pública, que así se llama por algo, viendo la depauperada situación de sus gentes, le cobro impuestos al señorito para pagar los salarios a los jornaleros que no tuvieron que trabajar más.

A eso se llamó renta básica.

Bonito verdad? Pues no. No les pago el salario, les dio un PER, un subsidio de larga duración insuficiente a todas luces para satisfacer las necesidades primarias (a saber, cobijo, abrigo y alimento) e incierto en el futuro, generando inseguridad y frustración.
Así podían dejarse hasta morir, sin protestar. Otra cosa fue cuando tuvieron que dejar en la inanición a sus hijos; se rebelaron y pensaron en la revolución y en la destrucción del progreso y la tecnología.
¿Para que servía si solo satisfacía a un sector mínimo de la población? ¿Para que la querían?

¿Y de quien es la culpa? ¿De los jornaleros que no quieren trabajar? ¿O del deseo desordenado de riqueza, pecado capital según el catecismo, que ellos mismos inventaron para educar a sus plebes?

Que de donde va a salir el dinero para pagar la renta básica, se preguntan mientras saquean las arcas públicas y las privadas. No contentos con repartirse las cajas de ahorro, se repartieron también los ahorros de las cajas (preferentistas).
Y los escondían tras un tejido empresarial fantasmagórico e imposible de rastrear, fuera del alcance de cualquier loco mesiánico que pudiera erigirse en salvador de horteras y parias.
Y para sentirse seguros, se ponían delante nombres como rey, ministro, sacerdote, barones, generales, caudillos y gilipolleces varias rimbombantes.

Pero vuelvo a decir, que se jodan, que aunque no lo sepan, son tan mortales como todos y no pueden llevarse tan siquiera las dos monedas para Caronte. Tendrán que pasar nadando al viaje hacia la nada. Porque aunque hubiera algo, no superaran el calibre de pasa-nopasa que ellos mismos inventaron, a no ser que sirviéndose de sus máquinas y su tecnologías, fabriquen agujas con el ojo de dos metros.
Pero ni por esas.