Este año se cumplen cincuenta años de la muerte de Franco.
Es una fecha memorable que no debemos olvidar, aunque algunos privilegiados
sabíamos antes de que se produjera el deceso, la fecha en que iba a suceder. La
regla mnemotecnia era fácil consistía en sumar las fechas de inicio y fin de la
guerra civil (18/7/36 + 1/4/39 = 19/11/75) y nos daba la fecha que tanto
temíamos. Y así sucedió aunque oficialmente se dijo que el día 20 por motivoss
obvios: tener un día más para sus teje manejes y para que coincidiera con el
aniversario de la muerte de Primo de Rivera, quitándole así relevancia a su
aliado y a la vez adversario de liderazgo.
Lo temíamos porque no veíamos a nadie capaz de continuar su
obra, seguir haciendo pantanos, seguir librando a España de subversivos, seguir
manteniendo la paz y sobre todo, para tener más de tiempo y conseguir el premio
nobel de la paz que con insistencia se solicitaba un año tras otro. Méritos
para ello le sobraban. Creó los sindicatos verticales para que los trabajadores
tuvieran su propio sistema de defensa al margen de las hordas comunistas que
nunca cejaron en su intento de infiltrarse en nuestras tranquilas y crecientes
industrias. Mantuvo la paz del país sin reparar en esfuerzos para aniquilar
hasta 40005 insurectos que atentaron contra ella (40000 después de la guerra y
cinco más dos meses antes de morir), impulsó la seguridad social, lleno los
pantanos con agua limpia y cristalina y redistribuyó la educación de los niños dándoselos por un módico donativo a sus adeptos con posibles. Pero el resto del
mundo no debió de entenderlo.
En cuanto al bienestar del obrero, se aseguró que trabajando
ocho horas diarias y cuatro horas extras más cada día pudiéramos tener un piso
de 60 metros cuadrados, un seiscientos, una televisión (con la famosa gitana
bailando y el toro banderilleado encima) un tresillo se escay y una librería de
sapelly.
Y ya está. Ahí radicaba la felicidad hasta que se empezó a
hablar de la democracia, se eligió un rey designado por él y surgieron
los oportunistas dispuestos a salir a escena para enriquecerse limpiamente y
sin esfuerzo, no como los que lo hicieron durante el franquismo que tuvieron
que explotar a sus trabajadores, especular con los terrenos y la reconstrucción
de España y luego darse golpes de pecho para poder comulgar.
Yo no lo olvido, no puedo. No quiero.
Porque quien olvida su pasado, está condenado a repetirlo.
No sigo con esta historia para que el consejo de redacción
no diga que no nos van a dejar publicarlo.
Lástima que no le dieran el nobel de una vez como
salvoconducto para entrar bajo palio en el reino de los cielos.
Yo en cambio me pido el infierno. Si, habéis oído bien, al
infierno. Para ver como arden todos los que creían que iban a estar a la derecha de
dios e incluso darles la vuelta con el tridente para que se tuesten por todos
lados de igual manera.
sábado, 10 de enero de 2026
Quincuagésimo aniversario de la muerte de Franco
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