El desarrollo industrial y tecnológico producido en el siglo XX ha desplazado gran cantidad de mano de obra y destruido cantidades ingentes de puestos de trabajo. Además la globalización ha propiciado el desplazamiento de la mayoría de la mano de obra restante a países del tercer mundo lo que ha hecho aumentar la población en paro.
La conclusión es que no hay trabajo para toda la población y se irá agravando en el futuro.
Hay que desarrollar teorías para solucionar el problema en éste llamado primer mundo.
Mi teoría genuina de los tres venticincos, consiste en dividir la vida media de los humanos en tres etapas de venticinco años.
La primera dedicarla a formación. La segunda a la vida activa y la tercera al ocio disfrute y recolección de éxitos y felicidad.
Esto que a simple vista parece escandaloso, se está dando en la vida real. Pocos se incorporan antes de los venticinco a la vida activa y muchos son los que se prejubilan o se prejubilaban a los cincuenta.
Esto ocurre porque en principio y debido al avance de la tecnología, no hay trabajo para todos y hay que distribuirlo. El ente encargado de administrarlo debe de ser la administración pública, es decir el Gobierno.
Un puesto de trabajo es hoy día un bien y como tal debe ser distribuido entre toda la población.
Hay tres formas de realizar este reparto: una de ellas es reducir la jornada laboral, otra reducir los días laborables y por último reducir la vida laboral. Ésta última es la más solidaria intergeneracional mente hablando.
De no poner remedio a éste problema, la población se empobrecerá, bajará el consumo, se detendrá la producción y con ello sobreviene el colapso bursátil y la economía de libre mercado.
Si no se quiere volver a la economía del siglo XIII hay que distribuir el acceso a la riqueza, es decir, al puesto de trabajo para que la rueda de la economía moderna no se detenga.
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